La derrota del peronismo en las PASO estaba en el radar de los dirigentes y periodistas de San Luis. Adolfo Rodríguez Saá siempre supo que iba atrás en las encuestas. Pero nadie anticipó la brecha de casi veinte puntos que lo separó del candidato macrista Claudio Poggi.

Esa derrota derivó en un giro absoluto en esta campaña para las legislativas de octubre: Rodríguez Saá decidió borrar toda intermediación con los electores, apela otra vez a su carisma y su historia y ahora escucha en persona, todos los días en plazas y espacios públicos, los reclamos y necesidades populares.

Al mismo tiempo usa cada vez más sus redes sociales. “Se nutre a cada minuto del ida y vuelta que consigue en Facebook”, dicen en su círculo más cercano.

Esas redes son, también, una fórmula para contrarrestar a los medios de comunicación que lo acorralaron, le dieron la espalda o ayudaron poco en la distribución de su mensaje.

Adolfo intenta recuperar el vínculo que siempre tuvo con la gente”, explica una fuente de la conducción del PJ.

Adolfo Rodríguez Saá escucha durante horas los reclamos y planteos de los sectores populares.

El senador nacional había mantenido una conexión casi mágica con los puntanos. Esa relación parecía inquebrantable a pesar del tiempo y la distancia.

Sin embargo, el resultado del 13 de agosto reveló otro escenario. Un escenario impensado para un dirigente acostumbrado a ganar elecciones que además fue el motor de la transformación de una provincia pobre y marginada en una provincia rica y codiciada.

Ahora muchos advierten que su etapa en el Congreso de la Nación abrió una brecha en San Luis que, entre 2011 y 2015, Poggi aprovechó mientras gobernaba en su nombre.

Si bien esta forzada estrategia de campaña que prescinde de los intermediarios nació al calor de la derrota en las urnas, también es cierto que aquellos intermediarios, a los fines de un proyecto político que gobernó con éxito durante tres décadas la Provincia, de algún modo fracasaron.

“Algo pasaba entre la gente y nadie lo pudo ver. Por eso Adolfo vuelve al contacto directo con sus votantes. Ese mismo contacto que cuidó siempre mientras era gobernador”, explica uno de sus colaboradores.

“Tampoco el periodismo supo dar cuenta de lo que pasaba”, agrega la misma fuente.

Los medios no lo ayudaron, entonces. Bien pudo ser por incomprensión, por ideología o porque viven en crisis permanente.

Habría que aceptar en este punto que algo nuevo engendra esta última  crisis periodística, porque en gran medida está provocada por el rol dominante de las nuevas tecnologías, las redes sociales y los fenómenos de la neuropolítica y la denominada posverdad, que no es más que el viejo truco de las operaciones de prensa y las propagandas o mentiras disfrazadas de noticia.

Por supuesto, en San Luis existen al menos dos factores adicionales: uno es la escasez de información convertida en conocimiento; otro es la mirada interesada de ciertos comunicadores y dueños de medios que proclaman su independencia mientras exigen fortunas en la distribución de las pautas nacionales, provinciales y municipales.

 

La función pasiva

Pero hubo otra circunstancia que obligó a esta nueva movida de campaña: el rol pasivo que demostraron algunos dirigentes en las PASO.

En esta elección yo no juego nada; acá el que juega es el Adolfo”, proclamaba casi en público un jefe comunal del oficialismo antes de los comicios. Pudo no ser el único.

Selfies y risas. Rodríguez Saá intenta reconstruir el vínculo que mantenía con sus votantes.

Bajo esas condiciones, la militancia ayudaba como podía mientras veía que ciertas capas intermedias del Gobierno mostraban un comportamiento frío y carente de compromiso. Esos militantes enfocaron entonces su poder de fuego donde siempre lo habían hecho: en el territorio.

Pero resulta que hasta el folclore de los afiches y los pascalles parece ahora superado por las recetas infalibles del gurú Jaime Durán Barba, que instauran la era de los timbreos y el marketing político basado en el uso intensivo del big data, es decir, en las conclusiones que surgen de la manipulación de enormes cantidades de datos, muchos de ellos tomados de las bases oficiales.

Eso explica por qué una vez consumada la elección los dirigentes macristas se burlaban de sus pares justicialistas en San Luis. Embriagados por el resultado, escribían en sus redes sociales: “Ni los postes, ni los pasacalles, ni las gigantografías. Quien (sic) vota es la gente”.

Tal vez esa circunstancia obligó a los cambios estéticos y conceptuales en la gráfica de Rodríguez Saá, cuya figura desapareció de la virtualidad para ser real todos los días en los barrios. La cartelería ahora muestra un eslogan breve y frugal: en un espacio blanco, flota el texto “San Luis Nos Une”.

“Adolfo quedó más allá de todo y por eso vuelve a las plazas, a los lugares donde rara vez aparecen otros dirigentes. Su encuentro es con la gente humilde”, explican cerca del candidato.

Si esta estrategia sirve para un escenario de recuperación -o al menos para frenar la caída- se sabrá en la noche del 22 de octubre.

Lo que emerge ya mismo como una novedad positiva es que los sectores más vulnerables tienen otra vez un camino sin intermediarios para dar pelea al desamparo y las carencias.