1.

El 2017 fue un año de incertidumbre y de terremotos en la dinámica del poder.

Al estilo del sociólogo Zygmunt Bauman, en San Luis la política mutó de una base sólida a una condición líquida.

Para empezar: el domingo 13 de agosto, con el resultado cocinado de las PASO, un golpe electoral parecía romper en mil pedazos una larga etapa de transformaciones sociales, económicas y culturales -con sus progresos y sus retrocesos- afianzadas durante tres décadas por el invicto electoral de los hermanos Adolfo y Alberto Rodríguez Saá.

En esas horas impensadas, la alianza Cambiemos, con Claudio Poggi y José Riccardo, arrasaba en las urnas por casi 20 puntos, un resultado que en principio les daba una certeza: después de tantos años de intentos fallidos, por fin habían matado y sepultado al peronismo.

“Final de ciclo”, repetían -aturdidos por el calor de los números- periodistas locales y periodistas porteños, lo que en parte era cierto. El fenómeno, inesperado, era uno de los títulos principales en los medios de Buenos Aires, porque el macrismo había despedazado al justicialismo en casi todas partes, pero en especial lo hacía en un bastión histórico e inexpugnable como es San Luis.

Pero sólo dos meses después, el 22 de octubre, aquel electorado que le había regalado el triunfo a Cambiemos, ahora decretaba que el inicio de la nueva era, el nuevo ciclo histórico abierto en las PASO, en realidad traía consigo el liderazgo renacido de Adolfo Rodríguez Saá.

Cuando nadie lo esperaba, el ex gobernador y senador nacional entendió rápido la dimensión del nuevo escenario, dio un giro completo en la campaña y ganó por casi 12 puntos. Es decir, redujo a cero los veinte puntos de las PASO y consiguió otros diez para un triunfo de condimentos épicos.

¿Qué palabras marcaron este año político, entonces, sino fueron la incertidumbre, la volatilidad y la sorpresa? Sin valores ni dogmas sólidos, lo que quedó en evidencia es la cualidad líquida de la voluntad popular, lo que deriva ahora en un orden más precario.

2.

Con el trasfondo dinámico de lo imposible vuelto posible, conviene echar una mirada al menos superficial sobre las conductas del Gobierno, la oposición y el electorado.

Es evidente: el cruce de los datos puros no alcanzaría para configurar lo que pasó. Tampoco para anticipar lo que vendrá este 2018 y, más importante todavía, lo que podría venir en 2019, cuando los puntanos vuelvan a las urnas. Pero algunas certezas quedan.

– El Gobierno: reaccionó después de las PASO, activó sus células políticas dormidas, cambió el rumbo, dirigió recursos a los sectores más desprotegidos y alteró en parte su política de comunicación. Acertó con los merenderos, la asistencia social, las correcciones en el sistema de salud y la obra pública y la reactivación de los planes de vivienda. Todo mientras Adolfo Rodríguez Saá recorría barrios y la periferia de la provincia en una gira extenuante de campaña, que arrancaba temprano en la mañana y terminaba entrada la madrugada. Sin embargo, con el paso de los meses, el Gobierno podría caer en el aburguesamiento, la apatía o la concepción errónea de algunos de sus funcionarios, sin contar que siguen intactos sus problemas crónicos de comunicación.

– La oposición: la UCR y otras fuerzas afines creían haber encontrado en Claudio Poggi -un converso que encajó rápido en sus cánones ideológicos y estéticos- al candidato que nunca tuvieron para derrotar a los hermanos Rodríguez Saá. Pero no. Ebrios por el resultado de las PASO, imaginaron que habían destrozado al peronismo. Coparon oficinas nacionales, intervinieron la Universidad Nacional de Villa Mercedes y mostraron la dimensión real de su sometimiento a la voluntad del gobierno de Macri y de los grandes medios de Buenos Aires. Entonces pasaron de la cumbre al llano en una caída estrepitosa. Hasta el gurú de Cambiemos Jaime Durán Barba se sacó la derrota de encima y les dijo, por televisión nacional, que si él hubiera intervenido, jamás habrían perdido en octubre. Una forma sutil de contarle al país quiénes eran los verdaderos padres de la derrota: Poggi, su equipo de campaña y su socio principal, el radical Riccardo.

– El electorado: los votantes de San Luis mostraron una variación tan profunda entre las primarias de agosto y las elecciones de octubre, que sólo les cabe una definición: constituyen un electorado volátil que no podría ser comprendido en una foto, sino más bien en una película. Su voluntad no es sólida, sino líquida. Aunque con extremos de base permanente para el peronismo y el antiperonismo, existe un segmento amplio sin filiación que crece y es capaz de votar a dios o el diablo según su conveniencia. Nada nuevo, es cierto, salvo que hasta ahora el fenómeno nunca había quedado expuesto de una forma tan dramática y decisiva.

3.

¿Qué pasará en 2018 y en 2019? Si alguien lo predice, o es profeta o es mentiroso. El futuro aparece igual de incierto y cargado de sorpresas. Pero este nuevo ciclo, el que emergió de las PASO, a lo mejor trae consecuencias urgentes. Una podría ser la modernización del peronismo y la renovación de sus cuadros políticos, sus ideas y en especial de sus estilos. También la reconfiguración opositora, con otras caras que van a copar el espacio abierto por la derrota de Poggi. Pero en especial, una consecuencia es que los dirigentes de todos los partidos deberán responder al desafío de un electorado difícil, errático e inasible.