El Gobierno de Mauricio Macri libera el precio de los combustibles y los grandes medios de comunicación defienden la medida. “Era necesaria. El mercado y la libre competencia van a ser los que regulen. No pasa nada, por ahora no va a subir la nafta”, dicen los presentadores de noticias y los economistas invitados al piso de los estudios de la tevé porteña.
¿Pero no será esa una lectura ingenua? Si el precio es libre significa que las petroleras lo deciden. Si fuera lo mismo ¿por qué no seguimos como estábamos? Las petroleras dicen que van seguir el ritmo de los estándares internacionales. Es decir, van a tomar en cuenta el costo del barril de crudo y la cotización del dólar.
Si sube el crudo, sube la nafta. Si sube el dólar, sube la nafta.
“Es mucho más complejo que eso. Tenés impuestos nacionales, provinciales, otros costos”, dice el jefe de los dueños de estaciones de servicio en San Luis, José Gianello.

Lo que no dice es que si las petroleras se ponen de acuerdo, también sube la nafta.
“Eso no va a pasar porque YPF controla el 60% del mercado y está en manos del Estado”, explican los economistas. Sería un buen argumento, salvo porque al Estado lo representa un ministro de Energía, Juan José Aranguren, que fue CEO y tiene intereses en la petrolera Shell.
“La nafta no va a subir en época de elecciones. El Gobierno no es suicida“, repiten a coro decenas de periodistas.  Puede ser. Pero si hasta el 22 de octubre no pasa nada ¿qué va a pasar el 23, el 24 o el 25, una vez definido el voto popular?
Ahí podría aumentar el combustible, pero con un amplio respaldo democrático expresado en las urnas.
Todos conocen la secuencia: sube la nafta, sube el costo del transporte y entonces suben los alimentos, la ropa, la construcción. Es decir, crece la inflación. Cae entonces el poder adquisitivo del salario, hay menos consumo y por lo tanto menos producción. Crecen enseguida la desocupación, la pobreza y la indigencia.
Pero no sólo es eso. El país se endeuda a una velocidad inédita. Las Lebacs (deuda emitida por el Banco Central en plazos cortos) pagan altas tasas de interés, que superan el 26 por ciento. Esas tasas, más los seguros de cambio y un dólar cuyo valor por ahora está planchado provocan que los capitales vengan sólo atraídos por la llamada “bicicleta financiera”, que termina en fuga de divisas.
Nada de inversiones productivas. Entonces caen otra vez el empleo y el consumo.
Asistimos a una fenomenal transferencia de riqueza para los sectores más concentrados de la economía. La quita de las retenciones al campo. La quita de las retenciones a las mineras. La quita de subsidios que no bajó el gasto público porque esos fondos tienen ahora otro destino: el pago de intereses de la nueva deuda pública.
En 2016, la Argentina se endeudó en 43.600 millones de dólares, a razón de 83.000 dólares por minuto. Son datos aportados por los sociólogos Andrés Wainer y Pablo Manzanelli, de la FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales), coautores del libro “Endeudar y Fugar”.
Los economistas advierten que el peso argentino está sobrevaluado. Antes de fin de año, dicen, el Gobierno hará un ajuste sobre el dólar. El panorama poselectoral asoma complicado.
Es cierto que rara vez los gobiernos se suicidan. Pero lo que hacen, a veces, es inducir a los pueblos al suicidio.