Suena viejo y cansador. Pero no deja de ser cierto. El “libre mercado”, vendido como solución para todos los problemas, en realidad no existe. Nada es libre en ese espacio imaginario. Sobre esa certeza sobrevuela, durante un poco más de una hora, el profesor Robert Reich en “Saving Capitalism”, algo así como “Salvar el Capitalismo”, un documental político que acaba de estrenar Netflix.

Dirigida por Jacob Kornbluth, la película arma un sencillo pero interesante esquema narrativo: Reich -que fue secretario de Trabajo de los Estados Unidos en el primer gobierno de Bill Clinton- ahora recorre su país para hablar con gente de todas las clases sociales, al mismo tiempo que cuenta cómo se transformó -para mal- la economía en las últimas décadas.

La narración avanza entre una mezcla, a lo mejor ingenua, de esperanza en la reacción de los ciudadanos y una evidente decepción por el poder que ejercen los lobbys -representantes de intereses privados- sobre la clase política.

Reich habla de “la desesperación de los que quieren ser escuchados, pero que nadie escucha”, en alusión a los sectores más vulnerables: trabajadores, desocupados, jubilados. “¿Cómo podemos hacer para que nos escuchen? ¿El sistema está funcionando para la mayoría o funciona sólo para un grupo reducido, que se encuentra en la cima?”, plantea el docente universitario, autor del famoso libro “El trabajo de las naciones”.

Con sus críticas al Estado, los defensores del libre mercado esconden su propia intervención en el Estado, que favorece la riqueza concentrada en pocas manos.

El problema central del llamado “libre mercado” es que tiene reglas dictadas por los capitales concentrados, el poder financiero y las grandes compañías, con la venia del poder político.

El Estado -al que atacan- es una herramienta que ellos mismos controlan. Con sus críticas a la supuesta asfixia de los gobiernos, en realidad, esconden su propia intervención que favorece la concentración de las riquezas en manos de una elite.

Confirmada por la realidad, esta circunstancia explicaría por qué en Argentina tantos gerentes, CEOS y grandes empresarios -incluido el presidente Mauricio Macri- ocupan lugares clave en la toma de las decisiones públicas. De hecho, si algo ha demostrado el macrismo en estos dos años de construcción de un nuevo orden, es que puede modificar las reglas y las leyes para favorecer su proyecto y su modelo, aunque perjudiquen a los sectores mayoritarios.

No es que nos liberemos del gobierno. Ese es el punto. El gobierno estará involucrado. La pregunta es de qué manera”, plantea Reich, mientras despliega argumentos que derriban el mito del supuesto freno que sufren las fuerzas capitalistas por causa de las garras insaciables del Estado.

Dicho de otro modo: las leyes que deberían favorecer al libre mercado son, en realidad, regulaciones que favorecen la concentración.

Bill Clinton y Robert Reich. Fueron parte de un mismo gobierno, pero el tiempo los separó.

“Hace tiempo las compañías tienen suficiente poder político para eliminar su competencia, favorecer los monopolios o los oligopolios y fijar sus propias reglas”, explica el ex secretario de Trabajo norteamericano. ¿Cómo actúan? Con sus aportes millonarios en las campañas electorales, con sofisticadas relaciones públicas, con cabildeos o lobbys, o bien a través de los institutos que deberían desarrollar políticas públicas y formar nuevos líderes para la democracia, pero sólo representan intereses particulares.

Una fase avanzada, quizás, sea el caso argentino, al que el documental por supuesto no menciona. Aunque podría: hombres de multinacionales ocupan los principales ministerios del Poder Ejecutivo y espacios relevantes en el Congreso. Por si no alcanzara, también grandes líderes sindicales son al mismo tiempo grandes empresarios y una extensa lista de jueces, abogados y medios masivos de comunicación forman parte del mismo esquema de poder.

En el documental, David Brat, nada menos que un republicano conservador, sostiene un argumento que en la Argentina sería atribuido a la izquierda radicalizada: “Las grandes compañías se reúnen y protegen lo suyo a costa de los pequeños. Es responsabilidad del Gobierno evitarlo. Pero, en vez de eso, el Gobierno se ha encargado de ayudar para que sí pase“. Brat se siente obligado a una aclaración acaso innecesaria: “No estoy en contra de los negocios, estoy en contra de la política de amigos, que se aprovecha de los contribuyentes”.

“Las leyes que deberían favorecer al libre mercado son regulaciones que favorecen la concentración”.

Ese capitalismo de amigos, bien conocido en América del Sur, ramifica en todas las fuerzas políticas. “La vieja suposición era republicanos contra demócratas. Eso no es así. Lo que ahora estamos viendo es, en realidad, el sistema contra el anti-sistema“, explica Reich. “Demócratas o republicanos tendrán muchos desacuerdos, pero los une lo fundamental”, agrega. Si hablara de Argentina y sus dirigentes, salvo honrosas excepciones, su tesis sería también aplicable.

Donald Trump, el empresario multimillonario que llegó a la Presidencia en EE.UU.

Igual que en este lado del mundo, frente a la ausencia de alternativas, los votantes responden en forma extraña. El testimonio del hijo de un granjero explica el proceso que llevó al empresario multimillonario Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos: “Dice las cosas que piensa la gente. Está consiguiendo la reacción de esa gente. Hemos sido guiados demasiado tiempo por la política, en lugar de manejar al país como un negocio”. Interesante: es la misma base discursiva sostenida por los argentinos que expresan su devoción por Macri.

Sin embargo al mismo hombre -arquetipo norteamericano, blanco de clase media venida a menos- también le cae bien el demócrata Bernie Sanders, aquel viejo acusado de “socialista” que le complicó la interna a Hillary Clinton.

Reich sostiene que en su país Trump y Sanders son las dos caras del populismo. Uno es autoritario; el otro reformista.

En todo el documental sobrevuela una pregunta clave, que aparece explícita casi al final: “¿Funciona la democracia para la mayoría? ¿O funciona para unos pocos?“.

Reich propone “organización e instituciones que equiparen el poder de las grandes corporaciones, los grandes bancos, las petroleras y las grandes industrias”. Reconoce que su generación fracasó en el intento de construir un mundo mejor y le tira el desafío a los jóvenes.

Una prueba de la fragilidad de la democracia. Y una aceptación explícita de su derrota.

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